La Guaracha de los Tres Deseos

La Terminal de Ómnibus de La Habana era un ser vivo, un monstruo que respiraba calor, sudor y la impaciencia de mil historias queriendo llegar a su destino. Sentado sobre su maleta, Alejandro rasgaba acordes invisibles en el aire. Era músico, o al menos eso decía su guitarra raída y la mirada perdida que parecía buscar melodías en el caos. A sus veinticinco años, tenía la flacura fibrosa de los que caminan mucho y comen a deshoras, y unos ojos negros y profundos que registraban todo con una calma casi insolente.

El altavoz anunció, por quinta vez, un retraso indefinido en la guagua de Santiago de Cuba. Un quejido colectivo recorrió la sala. A su lado, una voz femenina, teñida de un sarcasmo delicioso, sentenció:

—A este paso, vamos a llegar para los carnavales del año que viene. Y de copilotos.

Alejandro giró la cabeza. La dueña de la voz era Carla. Tenía el pelo color canela recogido en una trenza gruesa que le caía sobre un hombro, y una piel dorada que brillaba con una fina capa de sudor, haciéndola parecer una estatua de bronce recién pulida. Sus labios llenos, pintados de un rojo desafiante, se curvaron en una media sonrisa. Llevaba una blusa de tirantes que dejaba ver la curva de sus hombros y el inicio de una espalda fuerte, de bailarina.

—Compañera, usted es optimista —intervino una tercera voz.

Sentado frente a ellos, estaba Marco. Era más corpulento que Alejandro, con brazos sólidos de quien ha trabajado bajo el sol y una mandíbula cuadrada que le daba un aire serio. Pero sus ojos, color miel, traicionaban esa fachada con un chispazo de humor.

—Yo ya estoy calculando si mis nietos podrán recoger mi equipaje —añadió Marco, y Carla soltó una carcajada que sonó como música en medio del bullicio.

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Así empezó todo. Entre el calor, la espera y la certeza compartida de que solo el humor podía salvarlos, los tres santiagueros varados en La Habana comenzaron a tejer una complicidad. Hablaron de la familia, de la fritura de la esquina que extrañaban, del acento cantado que se les escapaba y que en La Habana sonaba a música exótica.

La conversación, como un son montuno, fue subiendo de tono, volviéndose más íntima. El aire se espesó, cargado de algo más que el bochorno de agosto. Era la electricidad de tres cuerpos jóvenes, llenos de vida, reconociéndose en un lenguaje no hablado.

—En Santiago hasta el aire es diferente. Es más… denso. Se te pega al cuerpo —dijo Carla, abanicándose lentamente y mirando a Marco de una forma que lo hizo tragar en seco.

—Es el mar y la montaña, que se abrazan ahí mismo —respondió Marco, sosteniéndole la mirada—. Es una energía que te pide movimiento.

Alejandro, que los observaba, sonrió. —Es un ritmo. Un compás de tres por cuatro. Fuerte, suave y un silencio que lo dice todo.

Carla se inclinó hacia adelante, y la blusa se tensó, revelando más de lo que ocultaba. Su mirada viajó de Alejandro a Marco.

—A veces, cuando bailo sola en mi cuarto, cierro los ojos e imagino eso mismo. No un baile de pareja, ¿saben? Es algo más… completo. Imagino una mano firme en mi cintura, guiándome con fuerza, marcando el paso sin dudar. —Su mirada se posó en Marco—. Y al mismo tiempo, siento otros dedos, más suaves, en mi nuca, en mi espalda, improvisando una caricia, añadiendo una nota inesperada a la melodía. —Ahora miraba a Alejandro—. Un ritmo que te envuelve por completo, sin dejar un solo espacio vacío.

El silencio que siguió fue denso, vibrante. Alejandro, con la voz un poco más ronca, recogió el guante.

—Yo a veces sueño con una canción. No la toco para una sola persona, sino para dos. Es una melodía donde las cuerdas de mi guitarra buscan la armonía con el eco de dos pieles distintas. Una que responde con el ardor del sol de la tarde y otra con la frescura de la brisa que viene de la Sierra. No es una serenata, es un concierto íntimo, donde cada suspiro, cada roce, es un acorde que se une a la música hasta que los tres sonidos se vuelven uno solo.

Marco, que había permanecido callado, sintiendo el peso de aquellas fantasías, finalmente habló. Su voz era un murmullo grave.

—Mi fantasía es más simple. Es como sumergirse en el mar de Siboney en una noche de verano. Y sentir dos corrientes a la vez. Una que te arrastra hacia el fondo, cálida y poderosa, que te quita el aliento. Y otra que te sostiene en la superficie, que te acaricia y te mece con suavidad. Estar en el medio de esas dos fuerzas, sin resistirse, simplemente flotando en un equilibrio perfecto de calor y alivio, de pasión y de paz.

Se miraron. Ya no eran tres extraños esperando una guagua. Eran cómplices de un deseo compartido, de una curiosidad que latía con fuerza en el aire caliente de la terminal. La sensualidad ya no era un juego de miradas, sino una promesa.

Finalmente, el altavoz gritó la salida inminente del ómnibus hacia Santiago. Se levantaron, recogiendo sus maletas, y el movimiento rompió el hechizo, pero no la conexión.

Mientras caminaban hacia el andén, apretujados entre la gente, Carla se detuvo y los miró a ambos. Sus ojos brillaban con una mezcla de picardía y un anhelo genuino.

—Santiagueros —dijo en voz baja, para que solo ellos la oyeran—, cuando lleguemos a nuestra tierra… y se nos quite el cansancio de este viaje eterno… ¿qué les parece si intentamos componer esa canción?

Alejandro asintió lentamente, una sonrisa dibujándose en sus labios.

Marco, por su parte, le devolvió la mirada y sentenció con su seriedad socarrona:

—Habrá que afinar bien los instrumentos. No vaya a ser que desentonemos.

Subieron a la guagua, y mientras buscaban sus asientos, el futuro se sentía tan vibrante y lleno de ritmo como la conga que ya empezaban a extrañar. El largo camino a casa, de repente, se sentía como el preludio más excitante de sus vidas.

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