El sol de las dos de la tarde en La Habana Vieja no perdona. Cae como plomo derretido sobre los hombros de la humanidad paciente que conforma la cola del picadillo. Leo, recostado contra una pared descascarada que alguna vez fue azul colonial, sentía una gota de sudor trazar un mapa por su espalda. Llevaba dos horas allí, un veterano de mil batallas de abastecimiento, y su única filosofía era: “La mente en blanco y los riñones fuertes”.
Leo era un hombre de cuarenta y tantos, de esa estirpe cubana que la escasez mantiene en forma: flaco pero fibroso, con unos ojos pícaros que lo habían visto todo y todavía buscaban algo nuevo que ver. Y justo en ese momento, lo nuevo acababa de llegar.
Se colocó detrás de él, y el universo de la cola cambió de repente. No fue un terremoto, fue algo más sutil, como si alguien le hubiera subido el color a un televisor viejo. Se llamaba Yelenis, aunque él aún no lo sabía. Era una mulata de muslos firmes que parecían esculpidos para desafiar la gravedad y las leyes de la termodinámica, embutidos en una licra corta con estampado de girasoles. Su pelo rizado estaba recogido en un moño alto, dejando al descubierto una nuca dorada y vulnerable que invitaba a los malos pensamientos y a los buenos deseos. Se abanicaba el pecho con un cartón de publicidad de un concierto pasado, y el simple movimiento de su muñeca parecía tener el ritmo de una rumba.
—Asere, esto es para hoy, ¿verdad? —le preguntó ella sin mirarlo, su voz un ronroneo con la cadencia del Malecón.
Leo se enderezó, sintiendo que su papel de observador pasivo había terminado.
—Bueno, mija, la esperanza es lo último que se despacha en esta bodega. El picadillo va primero.
Ella se giró y le sonrió. Fue una sonrisa que podría haber iniciado una guerra o, en este caso, hacer que dos horas bajo el sol se sintieran como unas vacaciones en Varadero. Tenía los dientes blancos y una boca llena, carnosa, que parecía hecha para decir verdades y mentiras con la misma sabrosura.
—Tú tienes cara de que sabes cómo rendir el picadillo —le dijo ella, guiñándole un ojo.
—El secreto está en echarle buen condimento y un poquito de fe —contestó él, siguiéndole el juego—. Y si se cocina a fuego lento, mucho mejor.
Delante de ellos, una viejita con un pañuelo en la cabeza, que parecía el oráculo oficial de la cuadra, se viró y sentenció: “A fuego lento se quema el santo. ¡Que camine la cola, caballero!”.
La conversación entre Leo y Yelenis fluyó como el ron en un vaso. Hablaron del calor, de la novela, de lo malo que estaba el transporte y de lo bueno que sería un café frío. Cada frase era un pretexto. Cuando ella se inclinaba para hablarle al oído por encima del murmullo, él sentía el calor de su piel y un perfume a mango y a jabón de baño. Era la sensualidad sin adornos de la isla, la que nace del sudor, del roce inevitable en la guagua, del ingenio para lanzar un piropo que suene a poesía callejera.
Él la miraba de reojo, notando cómo la tela de la licra se adhería a la curva de su cadera, cómo sus hombros se movían con una gracia natural al hablar. Ella no era ajena a su mirada; la sentía como sentía el sol, una energía que la envolvía y la hacía enderezar la espalda, consciente de su poder.
Cuando por fin llegaron al mostrador, quedaba poco. El bodeguero, un hombre con la alegría de un carcelero, les tiró las dos libras de picadillo a cada uno sobre el papel de estraza. Era una victoria. Una pequeña, cotidiana, pero gloriosa victoria.
Afuera, ya sin la excusa de la espera, un silencio incómodo amenazó con aparecer.
—Bueno —dijo ella, acomodando su compra en la jaba—, a inventar con esto.
—Oye —se atrevió Leo—, yo tengo un café que resucita a un muerto. Y mi cocina no tiene cola.
Yelenis lo miró de arriba abajo, con una sonrisa lenta que le dibujó dos hoyuelos en las mejillas.
—Mira que yo soy de tomarme el café sin azúcar, para sentirle bien el sabor.
—No te preocupes —respondió Leo, con los ojos brillantes—. El mío es amargo y fuerte. Como la vida misma.
Ella soltó una carcajada que sonó a música. Mientras se alejaban juntos por la calle Aguiar, discutiendo sobre si el picadillo quedaba mejor con papa o con plátano, la vieja del pañuelo le comentó a otra señora: “Ahí lo ves. Unos vienen por la carne y otros se encuentran el hueso… ¡y con carne pegá!”.
En La Habana, a veces, la cola más insoportable te lleva al destino más inesperado.



Excelente historia