El calor en la Habana era de esos que te hacen sudar hasta el alma, y para colmo, la luz se fue a las siete de la tarde. No hubo aviso, no hubo un «para la ocho» que diera algo de esperanza. Simplemente, un chasquido seco y la oscuridad más profunda que solo se encuentra en un apartamento sin bombillos de emergencia y con una sola vela ya derretida por anteriores batallas eléctricas.
En el quinto piso de un edificio del Vedado, vivían doña Gladys, una señora de setenta y pico, con un carácter más fuerte que el ron de caña, y su nieto Pedrito, de diez años, un torbellino de energía al que el apagón le había cortado la señal de la PlayStation.
—¡Ay, Pedrito, me vas a volver loca con ese aleteo! —chilló Gladys, refiriéndose a su nieto que, por puro aburrimiento, intentaba volar con una cartulina a modo de alas.
—¡Es que el calor me está derritiendo, abuela! ¡Si tuviéramos un ventilador!
Gladys resopló. —¿Un ventilador? ¿Y tú crees que los ventiladores funcionan con la fuerza del pensamiento? Si tu bisabuelo levantara la cabeza, te ponía a abanicar con una hoja de palma, como en los viejos tiempos.
Pero Pedrito, con la mente de un ingeniero en ciernes, tuvo una revelación. —¡La vecina del segundo piso tiene un ventilador de batería! ¡El que compró en la shopping de Panamá!
Doña Gladys, que se derretía en su mecedora, abrió un ojo. La vecina del segundo, la Dra. Maritza, era un hueso duro de roer. Una médica de esas que recetan más que la farmacia y con una rigidez militar que hacía que hasta los mosquitos se le cuadraran.
—¿Y tú crees que la Dra. Maritza, que ni te da un caramelo, nos va a prestar su ventilador de batería? ¡No seas iluso, Pedrito!
—¡Pero abuela, la necesidad es la madre de la inventiva! ¡Y del descaro! —argumentó Pedrito, ya camino a la puerta.
Gladys, con un suspiro dramático, se levantó. Sabía que Pedrito no cedería. Armados con la única vela que tenían (que Pedrito alumbraba con precaución de cirujano), descendieron por la escalera.
Al llegar al segundo piso, la puerta de la Dra. Maritza estaba entreabierta. Se escuchaban ruidos extraños, como un lamento ahogado y golpes rítmicos. Gladys y Pedrito se miraron.
—Abuela, ¿y si le dio un soponcio por el calor? —susurró Pedrito.
Gladys, siempre pragmática, replicó: —O peor, ¡se le rompió el ventilador y está llorando la desgracia!
Se asomaron cautelosamente. La escena que vieron era… inesperada.
La Dra. Maritza, con un ventilador de batería efectivamente apuntándole directamente a la cara, estaba sentada en un sillón, pero no precisamente sola. A su lado, con la camisa abierta y un sudor que competía con el de La Habana, estaba el mismísimo Pastor evangélico de la cuadra, el Hermano Elías, conocido por sus sermones apasionados y por su guayabera impecable. Y los ruidos que escuchaban… eran los sonidos de dos cuerpos moviéndose con el ritmo tropical, más pegados de lo que el catecismo permitiría. El Hermano Elías, en un momento de éxtasis, ¡cantaba a media voz un viejo bolero!
Gladys, con la boca abierta, agarró a Pedrito por la oreja. —¡Ay, mi madre! ¡El Señor va a tener que perdonar esta desobediencia masiva!
Pedrito, más fascinado que escandalizado, le susurró a su abuela: —Abuela, ¡parece que el ventilador no es lo único que tiene batería!
El Pastor Elías, al darse cuenta de la intromisión, pegó un brinco que casi tumba la lámpara de kerosén que había encendido. La Dra. Maritza, con el rostro enrojecido por el calor y algo más, intentó cubrirse con un cojín.
—¡Doña Gladys! ¡Pedrito! ¡Qué… qué sorpresa! —tartamudeó el Pastor, intentando abrocharse la guayabera con las manos temblorosas.
Gladys, con su voz de mando, decidió tomar las riendas de la situación.
—Pastor Elías, Dra. Maritza, no los quisiéramos interrumpir en… en sus estudios bíblicos nocturnos. Pero el calor allá arriba está insoportable. Y Pedrito, mi nieto, tenía la esperanza de que, ya que el Señor nos ha mandado este apagón para probarnos, quizás nos compartieran un poquito de esa… brisa divina.
La Dra. Maritza, recuperando algo de su compostura, miró a Gladys con una mezcla de vergüenza y resignación.
—Claro, Gladys. El Señor es bueno. El ventilador… eh… es de batería recargable. Te lo presto, pero solo una hora. ¡Que no se me descargue!
Gladys, con una sonrisa de victoria en los labios, tomó el ventilador de las manos temblorosas del Pastor Elías.
—Una hora es más que suficiente, Dra. Maritza. Dicen que con un poco de ventilación y mucha fe, se puede aguantar lo que sea. Y por lo que veo, ustedes tienen fe de sobra. ¡Que el Señor los siga bendiciendo con esa brisa fresca!
Mientras subían de nuevo al quinto piso, con el ventilador zumbando débilmente, Pedrito miró a su abuela.
—Abuela, ¿entonces el Pastor y la Dra. Maritza no estaban estudiando la Biblia?
Gladys soltó una carcajada. —Ay, mi’jo, en Cuba, en un apagón, a veces uno tiene que encontrar la luz en los lugares más insospechados. Y parece que el Pastor y la Dra. Maritza encontraron su propia versión de la iluminación. Y con ventilador y todo.
Esa noche, el ventilador de batería recargable les dio una hora de alivio. Pero la historia del Pastor Elías y la Dra. Maritza, esa sí, duraría en la memoria de la cuadra hasta el próximo apagón. Y probablemente, más allá.


